INFOBAE – Todas las personas que mantienen un mínimo respeto por las instituciones republicanas están sumamente preocupadas y ocupadas con el estatismo avasallante que vienen adoptando nuestros gobernantes desde hace décadas. El drama comenzó con el golpe fascista de los años treinta, una tragedia que se acentuó grandemente a partir del golpe militar del 43 que fabricó un Leviatán que ha estado engordando peligrosamente hasta nuestros días bajo distintas denominaciones partidarias y bajo distintos regímenes militares, todo lo cual ha empobrecido enormemente a los habitantes en las tierras argentinas desde la perspectiva moral y material.

Desde la Constitución liberal de 1853 hasta el antedicho intento fascista nuestro país estaba a la vanguardia de las naciones civilizadas. Como tantas veces se consignó, los salarios e ingresos de los peones rurales y los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España, equiparables a los de Estados Unidos por lo que nuestras costas competían con las de esta última nación en las oleadas migratorias. Por ese fenomenal atractivo la población argentina se duplicaba cada diez años y su comercio exterior era equivalente al de Canadá. Los centros de estudios, la prensa, la construcción, la agricultura y la descollante actividad cultural eran la envidia del mundo.

Como queda dicho, luego irrumpió el populismo estatista que arruinó el signo monetario, liquidó los ahorros de inmigrantes que habían invertido en terrenitos y departamentos, destrucción que se ejecutó a través de nefastas leyes de alquileres y desalojos para obligatoriamente adherir a un sistema de entrada actuarialmente quebrado de inseguridad antisocial en el contexto de legislación sindical copiada de la Carta de Lavoro de Mussolini, con el agregado de la expropiación de empresas para imponer “la tragedia de los comunes” con administraciones fiscales de pésimos servicios y deficitarias, junto con la sandez de “vivir con lo nuestro” alambrando fronteras con las consiguientes corrupciones y manotazos a la Justicia y colonización del Legislativo en medio de la fabricación de una maraña impositiva imposible de digerir por la estructura productiva y un endeudamiento colosal de los aparatos estatales.

En las circunstancias que corren se ha constituido una milagrosa oposición de un muy respetable peso en ambas Cámaras, oposición que se formó debido al alarido desesperado de quienes se dirigían a preservar aspectos básicos del republicanismo tal como la libertad de prensa y apuntalar lo que queda en pie de la Justicia y en su gran mayoría no como apoyo a la fallida gestión anterior que comenzó con el nada sobrio republicanismo bailecito con la banda presidencial en la Casa Rosada, siguió con la pretensión de designar dos miembros de la Corte por decreto, la expansión de ministerios y todo el fracaso que también es del dominio público.

Tal como he reiterado en distintas oportunidades estimo que el momento muy peligroso que atravesamos exige fortalecer y alimentar la actual oposición en dirección a los principios alberdianos y de personajes como el jeffersoniano Leandro Alem puesto que no da para constituir nuevos espacios políticos frente a las graves andanadas institucionales y las permanentes amenazas a la propiedad, a los sueños de vida y a la libertad fortaleciendo un elefantiásico aparato estatal con embates a comerciantes y el establecimiento de fracasados y cavernarios precios máximos que se enancan a la ya de por si desgraciada pandemia.

Sé que quienes proponen nuevos espacios desde el costado republicano son personas muy bien inspiradas y con ideas y proyectos muy encomiables, pero no es el momento de dividir, fraccionar y debilitar lo que ya existe puesto que en campaña necesariamente se criticarán los otros espacios (de lo contrario no tiene sentido un nuevo partido o alianza).

Una de las propuestas se han sugerido es la de denominar Encuentro Republicano a una nueva fuerza. Confieso que me emociona la etiqueta elegida puesto que mi padre bautizó con ese nombre su esfuerzo en coordinar distintos partidos. La diferencia es que en esa época no había nada enfrente fuera de los populismos, mientras que ahora opera la referida oposición.

Comprendo que muchos amigos no se conforman con apoyar a personajes que en primera línea participaron del gobierno anterior que malamente desperdició una gran oportunidad de rectificar el rumbo, pero es necesario comprender que hay una enorme diferencia entre el plano político y la imprescindible batalla cultural en el ámbito académico y la lucha por las ideas de fondo. En el primer plano debe recurrirse a un discurso que la opinión pública puede digerir, lo cual, a su turno depende del trabajo que se lleve a cabo en aquél segundo plano que es vital para correr el eje del debate y marcar agendas.

Por otra parte, es necesario que la nueva oposición ya constituida no corra el riesgo de perder otra vez el tren y la nueva dirigencia recurra a manifestaciones que no den lugar a interpretaciones ambiguas al efecto de atraer a sus filas a quienes están de muy buena fe estudiando la posibilidad de abrir otros espacios. No hay posibilidades de pérdidas de tiempo, no es suficiente declamar sobre indudables valores institucionales, es menester escarbar más hondo en las ideas por las que otrora fuimos un ejemplo para el mundo libre.

No corramos el tremebundo riesgo de quedarnos sin el pan y sin las tortas, no vaya a ser que se fraccione el espíritu republicano mientras la actual oposición se queda en declamaciones, útiles pero escasas. No es ni remotamente suficiente oponerse a los manotazos a la Justicia y equivalentes, es indispensable comprender que aquella cualidad significa “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la fundamentalísima institución de la propiedad privada que inexorablemente se traduce en los mercados libres y el consiguiente respeto recíproco.

Los liberales no somos una manada, detestamos el pensamiento único de modo que los debates en este y otros temas son siempre bienvenidos. Estamos siempre en ebullición, nunca habrá un puerto definitivo, estamos siempre navegando en un ámbito evolutivo: como reza el lema de la Royal Society de Londres, nullius in verba, es decir no hay palabras finales.