Por Mario del Frade

A 24 horas del banderazo espontáneo del 17A corresponde contar porotos y evaluar el impacto de la movilización.

Comenzaré por el final de estas 24 horas, con lo que está ocurriendo hoy martes al atardecer: lo primero que salta a la vista es que el gobierno está “groggy”, como esos boxeadores obnubilados y sin capacidad de reacción que esperan la campana salvadora que le otorgue la gracia de un minuto para respirar al menos. No corresponde pensar que esté al borde del nocaut. Nadie quiere, ni puede darle ese golpe. La sociedad ya ha aprendido esa lección.

No puede interpretar lo ocurrido, no puede creer que su mejor estrategia, el miedo, no haya dado resultado.  Su militancia está enfurecida y emite espuma por la boca en las redes, ¿cómo se atrevieron? Fue muy contundente que miles de personas hayan desafiado al virus y se le hayan plantado a la manipulación.

El gobierno creyó estar jugando una carta ganadora. Puso toda la carne en el asador del miedo. No faltó nada, golpes bajos, manipulación, ocultamiento de datos, pero principalmente la instalación de una atmósfera de terror fogonaeada por spots “publicitarios”, arengas de los epidemiólogos, ironías de funcionarios y el ejército de trolls como infantería de choque. Con todo eso no se podía fracasar.

Pero se fracasó. ¿Por qué?  Porque la gente es menos manipulable de lo que creen. Y también porque hicieron una mala lectura de los mensajes de la sociedad. Se les repetía que la gente no estaba contra los cuidados, que no se niega al virus, pero que la paralización de la actividad no se acepta. El gobierno no satisfizo los reclamos de la sociedad, no se esforzó en la creación de protocolos que permitieran el cuidado bajo el paraguas de una economía abierta, con la gente trabajando y dando de comer a sus familias. El verdadero temeroso era el gobierno y no lo sabía. Alberto creía que si abría la economía se le dispararían los casos y que ningún protocolo sería eficaz para prevenir los contagios. “La cuarentena es la única solución que tenemos” se cansa de repetir Alberto, quizá, y solo quizá, se lo crea. Pobre de él si es así, porque si es así su fracaso total es inminente.

Quedó al desnudo que, a la manera de un emperador de la edad antigua, el interés personal de la vicepresidenta por su impunidad moviliza un estado completo. El sacrificio de un país entero por la impunidad de la reina es equivalente a la guerra de Troya por Helena. Y nadie parece ver la desubicación histórica.

Sin el terror de la población el proyecto no camina. Y no hay plan B.

Y el terror cumplió un ciclo. ¿Y ahora?

Ahora cabe hacer este análisis: ¿quién sale más dañado con este golpe? ¿Alberto o Cristina? Claramente Cristina, porque en el ideario colectivo, hay un pequeño sector de la población que creyó en 2019 que Alberto podía ser a Cristina lo que Néstor a Duhalde, y aunque los hechos demostraron que la dama de Tolosa no es el cabezón, y Alberto es más Albertitere que el primer mandatario, hay una jugada que cambiaría todo: Si Alberto retira la reforma judicial y abre la economía protocolos mediante, recupera todo o gran parte de su ascendiente sobre la sociedad. Alberto tiene el botón rojo, y puede oprimirlo. Nunca estuvo más expuesta la realidad frente a la opinión pública en un país en el que siempre fue difícil mirar debajo del agua.

¿Qué lectura hará el gobierno de este golpe? ¿Una lectura Cristinista, que lo llevaría a huir para adelante? Eso nos conduciría a algo muy grave que no quiero mencionar. O una lectura “Albertista” que propone un camino algo más transitable.

Para el proyecto Albertista, si esto existe, este es el momento de tomar las riendas del gobierno y hacer realidad lo que dice y nadie le cree, que haba con Cristina pero que ella no dicta sus decisiones.

Hoy, como nunca antes del 10 de diciembre, Alberto tiene el poder. ¿Tendrá la voluntad política y el coraje?